Brota, se abre paso, crece, busca de adentro hacia fuera, sale. Así es la pintura de Maggie de Koenigsberg. Y así son las plantas y flores fantásticas de sus telas. Quieren existir. Desean estar ahí, crecer, volverse forma, hacerse color desde la oscuridad.
     No confundir los inquietantes paisajes floridos de Maggie de Koenigsberg con paisajes ni flores de la realidad. El fantástico catálogo botánico y floral de Maggie es producto exclusivo de su imaginación, no tiene correlato en la realidad, no la representa. Al menos, no representa más que a la propia pintora. Las carnosas flores de Maggie nacen en su interior, se alimentan de ella. Tienen vida solo en ese planeta imaginario que anima su paleta. Y movidas por una poética completamente ajena a la lógica botánica, se elevan en el aire, buscan la altura utópica con voluntad de catedrales góticas hacia esos cielos ígneos, espesos y furiosamente naranjas, amarillos, rojos.
     Ni siquiera podemos hablar de “plantas” o de “flores” para nombrar a esas formas orgánicas que por momentos parecen bocas, cisnes, insectos, criaturas carnívoras, órganos sexuales.
     Tampoco podemos, sin riesgo de caer en el ridículo, hablar de surrealismo ni de expresionismo para referirnos al clima onírico o a la sensualidad de la pintura de Maggie de Koenigsberg. Su trabajo personalísimo rehúye cualquier moda o clasificación. Es ella, sin más, quien está desde sus entrañas expuesta en sus cuadros. Casualidad o no, Maggie, Margarita, pinta flores. Podría pintar cualquier otra cosa y su pintura seguiría siendo ella, pero pinta flores que crecen sin descanso, sin remedio. Con tal potencia, que casi se las escucha crecer en sus telas. Mientras se mira esos colores, esa fuerza, esa sensualidad, esa necesidad de ser, es posible creer que lo inevitable no es la muerte, sino la vida. Y, para Maggie de Koenigsberg, la pintura.