Bruno Serrano Navarro
Poeta chileno – Valdivia
Versos dedicados para los cuadros de M de K
Libro de la traición.
Péndulo, cifra, oído, parpado menguante. Silencio.
No piel de la que vengarnos sólo venenos, puntos vélicos que colapsan por la
vela henchida como un pecho y el gajo goteando las esquirlas.
Mi otra grafía enmascara el anverso,
la pupila no eclosiona sino que aguarda,
aguarda y luego se extingue.
Cósete mis labios.
Libro del gemido.
Taño la cuerda y el vientre palpita.
Miro más adentro del ombligo y la pradera se
extiende.
Todo es amarillo.
Las parteras aúllan en la azotea.
Libro del veneno.
Se ensaya una caligrafía, una y otra vez hasta que
el gesto percibe
la fisura
en la gota de agua o la entrega de los náufragos cuando alucinan con el fuego
mordiéndoles las lúnulas
Plegaria
En esta caja de herramientas
que solía iluminarse siempre a medianoche
cuando sólo yo abría sus goznes para hurgar
las cedras petrificadas de amarillo, la
trementina,
ese olor
que solía confundir a la mordiente de otro cuello,
El litio irizado de sal
los pomos reventados en lavanda y linaza a ras del
aguijón en la jeringa
para enmascarar en la oquedad
el gemido de unas trenzas,
una pesadilla de Turner grabada en papelillos,
o una
espátula de punzón y grafito ronco
para dibujar las vetas sobre el homóplato
y decirse que aquí no hay sombra, no hay cielo que
beber,
sólo un aro para mi meñique,
y las bolas chinas de acero enlutado y costramen
de dos sangres
como un beso entre dos ciegas;
en esta caja de herramientas
los retazos a piel de nuestro aborto;
y la cadencia de la plegaria:
-es que eras tan pequeña-
incluso
tenías un nombre,
yo habría sostenido tu pelo
velando
la primera arcada de la mañana,
albricias,
un buen presagio,
o quizás una herida fiel
una invocación rupestre de
amón geletina[1]
justo en el durmiente a
la hora precisa
en que ya no haremos milagros,
no dormiremos tu frente sobre un yunque
no escupiremos tus fotos
ni apagaremos una colilla en tu boca
para abrir esta caja que solía iluminarse,
siempre, siempre a
medianoche
lienzo a negro.
Sacra
No hay espanto,
sólo la ofrenda del coágulo
aún latiendo entre los dedos
esta herida de quien camina lejos de su sombra
creyendo que hay entierro para el suicida,
luz en la huella del flamígero,
cadencia al dejar caer el corte y empuñar
un caleidoscopio como un señuelo en la vigilia de las armas:
Entonces
quizás lo primero sea asecharse en el espejo,
nunca tan nítido como en el filo del sextante,
contener la arcada,
Separar la espora del anillo
La corola de la entraña,
El feto de las esquirlas
no percatarse de los puñetazos en la puerta
(al fin orar y correr con el latido a la rompiente)